lunes, 1 de agosto de 2011

De lo acontecido (y asimilado) en un año.

Aprendí a reconocer lo que no quería en mi vida, a decir adiós y a vivir con ello. Aprendí a no recriminar a los que me juzgaban, porque es una pérdida de tiempo y como suelen decir, "a palabras necias, oídos sordos". Aprendí a seguir mi camino a pesar de las pendientes, a parar para tomar un respiro, a reír con ganas y a llorar cuando mi cuerpo y mi alma lo necesitaban. Aprendí a respirar cuando me faltaba el aire, a ponerme en la piel de quien sufría, y aún así disfrutaba de las pequeñas cosas de la vida. Aprendí que me llevará mucho tiempo dejar de sentir lo pasado como presente, que las despedidas forman parte de la vida y que hay tiempo para perdonar y sanar. Aprendí a agarrarme a lo que parecía inmutable lo suficientemente tarde para valorarlo y lo justo para aprovecharlo, y descubrí que lo fue todo entonces, pero que ya lo era mucho antes. Aprendí a echar de menos de verdad, a necesitar sabiendo que no encontraría la calma de sus manos, a querer incluso a los recuerdos. Aprendí que la vida tiene una forma curiosa (y a veces, dolorosa) de enseñarte lo que debes entender, porque no hay mejor lección que aquella capaz de sentirse en cada poro de la piel.

3 comentarios:

danistg dijo...

ojalá yo pudiese aprender a tu misma velocidad :)

Anya dijo...

A veces se aprende sin tener la certeza de hacerlo, pero uniendo las piezas descubres muchas cosas... Te encomiendo esa tarea, si quieres (cuando termines los exámenes) :)

Anónimo dijo...

Aprender en la vida me recuerda a los tatuajes..
Los que no se borran duelen al hacerlos, lo que no se olvida duele al aprenderlo..
Se que ha sido un año complicado, me alegro de que haya calmado un poco ;)